Quejidos y más quejidos…


Tengo la fortuna de contar entre mis mejores amigos a algunos músicos profesionales que se ganan la vida al cien por ciento como parte de la industria discográfica, inclusive dentro de mi familia extendida también se encuentra un músico que de igual manera vive, y vive muy bien, de las ganancias provenientes de la venta de música rock en español mexicana. Especifico que pertenecen a la industria ya que si bien hay músicos que pueden sobrellevar su existencia completamente fuera de ese aparato comercial tocando en eventos y clubes, existen los que tienen la «dicha» (y si, entre comillas) de contar con un contrato con una disquera para la distribución y promoción de sus discos.

Comienzo este articulo aclarando lo anterior ya que hablando de temas de piratería y el estado de la industria musical en la actualidad lo hago conociendo, si bien no de primera mano bastante de cerca, las angustias, desesperaciones y simplemente, la gran incertidumbre que se deriva de las condiciones del medio.

Se han escrito miles de artículos de ambos lados de la batalla, sobre quien tiene la culpa. Por años la industria discográfica nos ha querido convencer que el problema es causado por la piratería. En la hermana industria de la cinematografía, que también se queja amargamente de la piratería, se descubrió la semana pasada que las cifras que se habían publicado en el 2005 sobre la merma en su negocio causada por la piratería en las universidades norteamericanas pasó de 44% a sólo 15%. Supuestamente un error humano fue el causante de este pequeño pedazo de desinformación. Existen pocas razones para creer que dicha diferencia se originó de un inocente error y no de una intención clara y directa, sobre todo tomando en cuenta que es la misma industria la que creo un personaje ficticio para publicar reseñas inventadas sobre las películas que promovían y de esta manera engañar a los consumidores haciendo aparentar a sus productos como de mejor calidad de la que realmente eran.

Tampoco se puede decir que la respuesta a la voracidad de las disqueras sea la piratería, después de todo si hay un trabajo muy duro detrás de la mayoría de las grabaciones musicales y de alguna manera u otra, el creador de dicho arte debería de ser recompensado por sus esfuerzos.

Es difícil entonces decidir cual es el verdadero problema o como es que realmente se puede resolver el dilema en el que se encuentran nuestros músicos. Cabe aclarar que según mi perspectiva el problema es de los músicos no de la industria discográfica. La industria discográfica no ha sido siempre más que un intermediario entre el escucha y el músico, que más veces que menos han trabajo en detrimento del arte de la música en vez de desarrollarlo.

Cuando leo o escucho artículo sobre como la Internet y los «malvados» consumidores están «matando» a la industria discográfica se me retuerce el estomago. Esto generalmente sucede cuando alguien a mi alrededor ofrece su opinión o realiza afirmaciones las cuales dejan entrever que no les han puesto bajo el más mínimo escrutinio intelectual o han dejado completamente por un lado las opiniones e ideas de los demás.
Las claves que apuntan a que no han considerado todos los factores, ya que con un poco de tiempo invertido en el análisis de su situación podrían haberse encontrado, son los siguientes puntos,que entre otros que señalan las verdaderas causas y posibles soluciones:

Primero, porque la industria discográfica ya está moribunda, está dando sus últimas patadas, y como ejemplo sólo hay que conocer las incongruencias y delirios que escupen los miembros de ese aparato comercial, como Paul McGuinness, manager del «súper grupo» U2. Las evidencias apuntan a que el medio ha cambiado y el animal no se ha adaptado al medio, es decir, no ha evolucionado.

Y segundo, el que una industria deje de ser rentable no es el fin del mundo y tampoco es necesariamente malo. Si nos parece que esta afirmación carece de verdadera factibilidad preguntémonos, ¿no sería favorable a largo plazo para toda la humanidad que la industria petroquímica pereciera? Claro que en un principio sería doloroso para muchos, y por supuesto que esta industria nos ha brindado muchos beneficios y progreso, sobre todo en países como México, sin embargo el mundo cambia, las necesidades cambian. Lo que es bueno hoy mañana es una enfermedad. De igual manera sirvió la industria musical para con la música, en un momento la ayudó a florecer, pero ahora es momento que se aleje.

Hay múltiples ejemplos de la irracionalidad de este aparato comercial de la música, algunos que tienen ya décadas, y estos deberían de ser enmendados si es que los interesados quieren seguir viviendo de su actual manutención. Uno que debería ser el más claro sin embargo tiene significados ocultos y que probablemente sea uno de los más viejos errores, yace en la compra misma de los discos o grabaciones musicales en cualquier medio.

Cuando se compra un fonograma, ¿qué se está comprando, el medio o el contenido? La industria nos querría hacer pensar que lo que estamos comprando es el arte creado por el ingenio del músico artista junto con la posibilidad de vivir experiencias inolvidables a través del deleite de la escucha de dicho material; y en parte tiene razón, sin embargo lo que estamos comprando es la casa en las Bahamas del hijo del dueño de la disquera.

Clarificando lo anterior, de manera simplificada y superficial, podríamos decir que cuando compramos un disco estamos pagando por lo siguiente: la licencia que nos da derecho a escuchar y a poseer una copia del trabajo realizado por el artista o artistas, el trabajo realizado por el artista dibujante o fotógrafo el cual creo cualquier arte que acompañe al fonograma, los costos de producción musical de dicho fonograma, los costos del medio (disco, funda, etc. y finalmente, los costos de distribución y almacenamiento de dicho material. A lo anterior, claro está, hay que agregarle la ganancia de todos los involucrados, nadie hace nada gratis. Supongo también que puede haber un sin fin de otros costos ocultos sin embargo estos son irrelevantes para el consumidor ya que prestan poco valor agregado al producto. Si, la ganancia de los que participan en la cadena productiva es valor agregado para el cliente, después de todo si su producto es bueno es beneficioso mantenerlos en operación para conseguir productos subsecuentes de calidad equiparable.

A pesar de lo anterior pasa algo interesante cuando un consumidor ordinario e individual acude a su tienda de discos a adquirir su música favorita. En el caso de que un cliente compra un disco que deberá costarle alrededor de $15.00 USD, él podría llevárselo a su casa y gozar de la música contenida en el disco, sin embargo, si por conveniencia el mismo cliente decidiera comprar más de un disco, entonces ese cliente está siendo afectado por un modelo comercial ineficiente.

La razón por la cual alguien quisiera comprar dos discos de Yanni puede no ser muy lógica (completamente irracional para algunos como yo inclusive, ¿a quién le gusta Yanni?) pero puede ser perfectamente legítima. Digamos que a tal individuo le parece cómodo contar, para su consumo personal, con dos discos de Yanni, uno lo dejará en su oficina donde le gusta escuchar la producción de dicho músico para acompañar sus actividades matutinas, y otro disco permanecerá en su casa ya que goza incansablemente de un poco de Jazz-Trash mientras realiza labores del hogar. El tener un solo disco y estarlo llevando y trayendo todos los días entre su casa y oficina resulta poco práctico, por eso tener dos discos es más acertado. Sin embargo, cuando dicho aficionado de la música superficial pide su par de discos en la tienda, resulta que tendrá que pagar dos veces por lo mismo, es decir, pagará por dos licencias de uso y aprovechamiento para consumo personal del material artístico de Yanni cuando realmente sólo requiere pagar una, la de él mismo.

Es correcto pensar que la media, la distribución y almacenamiento de la segunda copia tiene que salir de algún lado, y hay que pagar por ello, ¿pero por que habría de pagar dos o más veces el derecho a escucharla? Un modelo justo sería en el cual un consumidor compra el derecho de escuchar una particular grabación de su artista favorito y luego pueda comprar diversos medios de almacenamiento o transportación según sus necesidades. En este modelo nuestro amigo fan de Yanni podría comprar hasta otro disco para escucharlo en el carro sin tener que pagar hasta tres veces por el mismo contenido.

Por supuesto que no es fácil la implementación de este modelo. ¿Quién compro qué? ¿Lo compró para su uso o para regalarselo a un amigo? Probablemente en décadas pasadas esta hubiera sido una buena excusa y así ganar ilegalmente el dinero de los clientes; claro el cliente pagaba por la incertidumbre de la industria discográfica y pues «para no perderle» mejor hacerle pagar dos veces. Ahora, por fin, la tecnología puede ayudar a que este intercambio disparejo se ajuste y adapte a algo más conveniente, sin embargo aparentemente en vez inclinarse a la facilidad, el espíritu de las disqueras sigue residiendo en la ganancia al grado de la absurdez como en el caso de los tonos de timbre de los teléfonos celulares iPhone en EE UU. Las disqueras piensan que es aceptable cobrarle al usuario $.99 USD por escuchar una canción en tu teléfono celular y otros $.99 USD por utilizar 30 segundos de dicha canción como un tono de timbre para tu teléfono. Suena gracioso, pero es verdad. Para empezar, ¿por qué una canción descargada de Internet cuesta prácticamente lo mismo que cuando se compra en una tienda en forma de un disco, qué no hay un ahorro sustancial en embalajes y demás costos de producción y transportación?

Esas inverosímiles incongruencias plagan el modelo económico de las disqueras. ¿Por qué creen que tienen el derecho de cobrarte por escuchar su «increíble» música dependiendo de cómo y cuando la escuches? ¿Qué diferencia hay entre escuchar la música por escucharla y escucharla cada vez que te llama tu novia, esposa o hijo al teléfono celular? En cualquier momento nos empezarán a cobrar si escuchamos su música mientras nos damos un baño, o durante cualquer otra actividad que no sea lo mismo que escucharlo en un iPod.

Otro de estos asombrosos métodos de generar dividendos es la ultra-recuperación de ganancias. Por qué una reedición de la película de Help! de los Beatles publicada en 1965 tiene que venderse ahora en DVD a $29.98 (está en aprox. $365 pesos en Saharis)? ¿Sólo porque ahora está en audio de 5.1? Son los Beatles no una película de acción ni mucho menos una experiencia sonora que no puede ser apreciada más que en 5.1 canales. ¿El trabajo técnico de restaurar este material es tan costoso como para justificar este precio? La creación artística ya fue realizada hace más de treinta años, se han emitido innumerables veces libre de costo por la televisión abierta, ¿quién realmente gana en este intercambio de bienes, el artista? La pregunta tal vez debería de ser, ¿merece la pena que se siga pagando por este trabajo? Un disco de Led Zepellin editado, producido y emitido en 1969 se vende por $100.00 pesos en cualquier tienda de discos (o hasta más en línea), cuando el bastante atractivo disco de Jumbo, Superficie, se vende por la misma cantidad y es una producción 36 años más reciente.

No quiero ser malinterpretado, recapitulando lo dicho, el problema no lo genera ni los músicos ni los consumidores, aunque si vivan las desgracias causadas por la resistencia al cambio de una industria en vías de extinción. Si tomamos en cuenta lo dicho por McGuinness como proveniente de un representante vivo del medio, se vislumbra que el problema son las ideas nefastas y torcidas de quienes manejan la industria. Sugerir que hay que controlar a otras industrias como los proveedores de conexiones a Internet, aún y a costa de la privacidad de los consumidores, sólo para evitar piratería es un indicador de valores torcidos. Pensar que quienes manufacturan los dispositivos de reproducción de audio en formato digital tendrían que pagar regalías a la industria discográfica refleja un completo desconocimiento de lo que la gente o sus consumidores realmente requieren y una sobrevaloración de su propio trabajo. La percepción que «las ideas hippies» de algunos emprendedores de California (donde hace alusión clara a Steve Jobs) demuestra que estos no conocen el verdadero valor de la música habla más de su propia ignorancia sobre el tema.

El valor de la música trasciende escalas económicas y por lo mismo no puede ser encasillado dentro de los modelos de negocios que McGuiness y su calaña quieren mantener en perpetuidad. El intercambio entre un músico y un escucha va más allá de dinero y música. Esta idea de un intercambio más allá de lo económico, como todo lo demás en el desarrollo artístico, no es nueva, la tomé del brillante artículo de Jonathan Lethem publicado en Harper’s Magazine en febrero del 2007 (probablemente requiera de clave de acceso). En ese texto que magistralmente fue creado en su totalidad de extractos de textos de decenas de distintos autores, Lethem describe a este tipo de intercambio como una «economía del regalo».

«The cardinal difference between gift and commodity exchange is that a gift establishes a feeling-bond between two people, whereas the sale of a commodity leaves no necessary connection.
[…]
There are many examples, the candy or cigarette offered to a
stranger who shares a seat on the plane, the few words that indicate goodwill between passengers on the late-night bus. These tokens establish the simplest bonds of social life, but the model they offer may be extended to the most complicated of unions-marriage, parenthood, mentorship. If a value is placed on these (often essentially unequal) exchanges, they degenerate into something else. »

Traducido para beneficio de la plebe:

«La diferencia principal entre intercambio de regalos y de bienes materiales es que un regalo establece un lazo sentimental entre dos personas, mientras que la venta de un bien no requiere de dicha conexión.
[…]
Hay muchos ejemplos, el dulce o cigarrillo que se ofrece a un extraño con el que se comparte un asiento en el avión, las pocas palabras que indican buenos deseos entre pasajeros de un autobús durante la noche. Estas muestras establecen los lazos más simples de la vida social, pero el modelo que ofrecen pueden ser extendidos a las uniones más complicados, matrimonio, paternidad, tutelaje. Si un valor se calcula para estos (frecuentemente desiguales) intercambios, estos se degeneran y convierten en otra cosa.»

El modelo de la «economía del regalo» convive con otros modelos económicos, el reconocimiento de que la música ofrece algo más que un servicio simple y llano puede ser el primer paso para la industria discográfica si es que tiene intenciones de salvar el pellejo. Incorporar valores más humanos a sus modelos de negocios podría cambiar la percepción de los consumidores de las compañías disqueras, que son vistas más como un intermediario estorboso entre músicoa artistaa y quienes gustan apreciar de su arte.

Una respuesta a “Quejidos y más quejidos…”

  1. esta muy interesante el comentario. y la mejor pregunta, cuando pagamos por un disco, ¿que pagamos? ¿el disco o los derechos de la música?¿qué porcentaje de cada uno?ciro, ¿lo puedo linkear desde mi blog?

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